jueves, 1 de diciembre de 2011
Capítulo dos. Piamonte. Vuelta a la anormalidad.
Ahora tocaba encontrar un...
Capítulo dos.
Encontrar un médico, eso. Pocos galenos parecía haber por allí, este lugar de Florencia lo desconocía.
Comencé a preguntar a la gente, pero me ignoraban, llevaba pintas de ladrón, mi ropa hecha harapos, mi rostro sucio.
Al final un amable predicador me indicó el puesto de un galeno. Caminé muy despacio para aprovechar las pocas fuerzas que me quedaban y conseguí llegar a punto de desmayarme, mareado, la boca sabía a sangre.
El galeno se acercó a mí vestido de negro y cubierto con su típico "pico de pájaro". Me examinó las heridas.
-Túmbate en la tabla- Indicó.
Me tumbé y me dio un pequeño frasco de vidrio negro.
-Bébetelo- Se dirigió a su mesa y cogió un par de utensilios que tenía en el puesto.
Le quité el corcho a aquel pequeño frasco, su líquido tenía una textura líquida, era negro, aparentemente parecía asqueroso así que, cerré los ojos, me tapé la nariz y di un pequeño trago. Estaba buenísimo, sabía a uvas, pero no era un zumo de uvas, o vino, era algo extraño.
Seguí bebiendo de poco en poco y de repente un pinchazo me hizo arrojar la botella al suelo y gritar.
El galeno estaba, según él, curándome.
Parecíó una tortura aquel momento en el que me pinchó y cosió. Me encontraba igual que antes solo que con un hilo que cerraba una herida de mi pierna.
Al rato me levanté, cuando el dolor ya calmó, agradecí al pobre médico sus servicios y me disculpé por todos los insultos que lanzó mi boca.
El médico no mencionó nada sobre el dinero, me dejó marchar sin decir nada. Quizás al verme tan sucio y joven me perdonó esas monedas que requería su trabajo.
Ya era medio día y tenía hambre, pero no florines.
Otra vez mi cuerpo empezó a moverse solo, caminé y caminé hasta llegar al banco donde empecé. Me senté en el mismo sitio. Allí reconocí mis cascos, estaban en el suelo. Era lo único que había de normal en aquel pintoresco pasaje, lo único normal eran unos cascos, unos cascos en pleno Renacimiento. Más bien suena a anormalidad.
Abrí los ojos. Miraba hacia arriba. Había un montón de tubos fluorescentes blancos, me cegaban.
Erguí mi cuerpo para ver mejor la situación. A ambos lados había gente tumbada en esa especie de camas con columnas vertebrales de respaldo, dormidas aparentemente, como yo, supongo.
Ahora intenté levantar mis brazos, no podía, pero no estaba atado, simplemente no tenía fuerzas.
Entonces una luz vino a mi mente, varias voces, varias sombras blancas a lo lejos...varios gritos...y de repente, desmayo.
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