Capítulo cuatro.
Mientras mantenía los ojos cerrados el agua de la lluvia no paraba de caer desde las nubes grises.
Pero ahora ese agua era un poco más sólida, más espesa, pero sin dejar de ser nada líquida.
Abrí los ojos para ver qué era. Era rojo, rojo oscuro, sangre. Caía sangre desde arriba, concretamente desde el cuello de aquel guardia que hace unos segundos mantenía su espada en alto. Su espada ahora caía hacia mí pero sin fuerza así que pude esquivarla fácilmente. Del tejado saltó aquel encapuchado que salió detrás del otro sobre el guardia restante. Desenfundó otra vez esos dos filos extraños de sus manos, escondidos bajo sus mangas y atravesó el pecho de su enemigo.
La gente ya no hacía un círculo alrededor de nosotros dos, la gente se iba corriendo, huyendo de lo que parecía, la muerte.
El encapuchado se puso a registrar los bolsillos de los guardias consiguiendo algunas monedas de oro y revisó sus armas.
Me dio una de ellas.
-Toma- me la ofreció por la empuñadura-quizás la tienes que usar bien esta vez-
La así por la empuñadura y seguí al encapuchado que cargaba con la chica, que se adelantó un poco a nosotros.
El otro encapuchado subió por unas escaleras al tejado y nos siguió desde arriba. Esta vez empuñaba una ballesta. Eran increíbles sus movimientos, saltaba de tejado en tejado, sin pararse ni un momento, trepaba como un gato. No necesitaba ayuda de ganchos ni de ningún utensilio, no tenía barreras.
El cansancio volvía cada vez más rápido a mí. Ese día me recorrí prácticamente toda Florencia.Recorrí todos los distritos, desde el más pobre al más rico. Bueno no, el barrio rico era inaccesible, ni siquiera para aquellos encapuchados a los que una fuerza extraña me unía.
Al final llegamos a una torre de vigilancia de la guardia florentina. Estaba deshabitada. Entramos los cuatro.
Era un lugar pequeño pero con muchos pisos, había un par de camas, una mesa con varias banquetas a sus lados y algo de comida encima y un baúl en el fondo de la habitación. Arriba solo había escaleras que llevaban a las almenas.
La habitación solo tenía un par de velas, pero con eso bastaba, al menos era un lugar caliente.
Me ofrecieron una cama y enseguida quedé dormido.
-¿Crees que este chaval vale?- Preguntó uno de los encapuchados.
-Que va, es un crío, ya le viste con la espada, no tiene fuerza-
-Sí, creo que tienes razón, en fin, mañana le llevaremos al tejado dónde le viste por primera vez-
-De acuerdo- Respondió el otro desarmándose-Ahora te toca a ti montar guardia, dile que baje-
-Ya voy- Terminó la conversación y subió las escaleras quitándose la capucha.
-Eh tú, arriba dormilón- Susurraba un encapuchado, aunque más bien parecía una chica, tenía una voz muy suave.
Me levanté y me rasqué los ojos. Nada había sido un sueño, todo fue real, tenía agujetas por todas partes, incluso en sitios que ni siquiera conocía.
-Nos vamos, vente con nosotros-
La encapuchada abrió la puerta y salió tranquilamente seguida de otro. Pero no era el mismo de ayer, aunque por su capucha no distinguía bien su rostro.
Antes de salir me estiré. Apoyada en la pared, vi la espada de aquel guardia, la cogí y me la colgué en mi cinturón negro. Era muy probable que se me cayese, pero pasaba de llevarla en las manos.
Antes de cerrar la puerta me fijé en que la chica ya no estaba, ¿cuánto llevaba durmiendo?
Les seguí durante muy poco tiempo, ellos iban delante hablando de sus cosas mientras yo pensaba el las mías.
-Failure Sistem, reset de Ánimus-
De repente un montón de chillidos comenzaron a romper mis tímpanos.