Guía, capítulos.

miércoles, 4 de enero de 2012


Memorias de una sombra.

Capítulo dos. Empalagoso.

(Como ya has visto en el título, este es el capítulo dos, yo que tú pasaría por el "historial" lo tienes a la derecha de la página, y busca la entrada anterior, o anteriores, si te sirve de ayuda la primera es la del 4 de enero y nada, a leer)

Ya casi había terminado mi guardia, aunque la verdad había estado perdiendo el tiempo mirándola. Allí estaba ella, no paraba de mirarme y yo a ella aunque no me he atrevido a nada por miedo a cagarla, no quiero arriesgar, y menos en una situación así.

Mira a mi hermano, allí está igual que yo, sin parar de mirarla, solo que ella no le quiere, me da un poco de pena, pero bueno, el amor no es cosa de tres, seguro que encuentra a alguien que le  quiera como se debe, es un buen chico.

En fin, ya tocó el cambio de guardia. Bajo las escaleras del muro, no ha pasado nada, menos mal, no me hace gracia cruzarme con uno de ellos. Bueno, olvidémonos de eso.

Le paso las cosas a mi primo y me siento al lado de la hoguera junto a ella y me da un beso en la mejilla, es increíble, es perfecta, o bueno, supongo que también influirá eso del amor, dicen que es malo, pero yo no veo nada mal en ello, en todo caso lo contrario. La abrazo y apoyo mi cabeza en ella, estoy cansado, es agotador quedarse de pie horas y horas mirando la negra oscuridad, pero por suerte está ella.

¿Demasiado empalagoso no? Sí, así soy yo, al menos ahora.

Dejo por un momento mis pensamientos y me centro en la realidad, miro hacia el muro, allí está mi hermano dándole patadas a esa piedra, se nota que se aburre tanto como yo, debería ir a verle ahora dentro de un rato.
Me levanto, me sacudo un poco el polvo de mi ropa y doy un pequeño paseo por lo límites de las ruinas. Hay una niebla blanca que se mezcla con los árboles y las rocas, todo es tenebroso, a nadie le gustaría estar aquí. Además hemos tenido que suspender la recogida de cuerpos porque no dábamos a vasto, ahora nuestros familiares y amigos están apoyados en la base de las ruinas o simplemente en el suelo. Todos se merecen un entierro digno o unas simples palabras al menos. Todos se merecen un entierro digno…

Me alejo un poco de la hoguera hacia el centro de “el pueblo”. Tengo hambre, debería ir a por algo a la plaza, a ver si está hoy de buen humor y nos da a mí y los míos algo. Por el camino, pasando por una calle estrecha o por lo que queda de ella veo otro de mis compañeros ya sin vida. Sus ojos, abiertos, se clavan en mí como dos dientes afilados. Aparto la mirada y me pongo la capucha para evitar volver a mirar.

Será mejor que vuelva, no me van a dar nada y voy a perder el tiempo. Me doy la vuelta y vuelvo, acercándome a la hoguera, mi hermano está bajando, pero apenas ha pasado un rato desde que comenzó su guardia, todavía no le toca subir a ella. A saber que pretende, debería ir… pero otra vez su maldita mirada hace que vaya hacia ella.

Ghost.

Memorias de una sombra.

Capítulo uno. Aburrimiento.

La Ruina de Arnor era el lugar donde nací, o al menos así lo llamaban. Es un lugar oscuro, sombrío y tenebroso aunque en tiempos anteriores el sol iluminó todos los rincones y esquinas del reino.  Ya nada con vida salvo yo y unos cuantos nos mantenemos aquí. Ni plantas, ni árboles, ni animales, todo está muerto, incluso puede nosotros también. Nuestro hogar ha sido reducido a cenizas y rocas, escombros y ruinas. Los muros están repletos de brechas, nuestras casas ya no tienen tejados que nos cubran de las fuertes lluvias de granizo blanco. Las calles son ríos de sangre, regueros de vida. Estamos sitiados por aquellas horribles criaturas, infinitas, no sé como podemos existir aun, quizás nos perdonan todos los días la vida simplemente para reírse de nosotros y hacernos creer que aun hay esperanza.  Aquí no hay días, ni horas. Parece que el tiempo nunca pasa pues casi siempre es de noche o el cielo está encapotado por nubes negras que simulan la oscuridad nocturna.

Alrededor de nuestros restos se encuentra Mordor, sitiándonos por los cuatro puntos cardinales. Bestias, animales salvajes, hechizos y encantamientos, armas afiladas, dientes, olores a muerte nos rodean e intentan entrar en lo que queda de nosotros. Su ataque es continuo e incesante, pero por suerte o por desgracia nos mantenemos con vida.

Ahora mismo mi grupo está al mando del distrito norte, uno de los menos peligrosos. Somos una cuarta parte de nosotros, pero la mitad está herida o cae con los días. Activamente solo estamos cinco personas, dos de ellas son niños, con poca fuerza, aunque bueno, yo, y las otras dos personas de mi grupo tampoco es que seamos muy adultos, tenemos entre quince y dieciséis años, la verdad no sé cuantos, llevamos tanto tiempo así que los días parecen inacabables.

Me toca vigilar ahora la entrada principal. Mi hermano me da el relevo y me entrega su equipamiento. No tenemos ni siquiera armamento para todos, tenemos que robarlo o bien simplemente huir cuando nos atacan. Mientras asciendo las escaleras del muro me fijo en mi grupo. Los gemelos están durmiendo, derrotados, pues son niños, solo quedan ella y mi hermano que acaba de llegar. Se nota que se quieren. Están juntos todo lo posible y no paran de mirarse en todo momento. Como los envidio, sobre todo a mi hermano. En fin, no soy perfecto que se diga.

Bueno, concentrémonos, llego arriba y me aparto el flequillo negro de mi pelo para ver mejor.  Al parecer no hay nadie, como de costumbre, pero quien sabe, mejor no distraernos. De vez en cuando me doy la vuelta para mirarla. No sé si soy estúpido por soñar o simplemente debería sentir pena por mí mismo al no conseguir lo que deseo.

Encuentro una piedra en el suelo y le doy pequeños golpecitos, las guardias no son entretenidas que se diga. Un momento, eso no es una piedra normal. Le doy una patada más inconscientemente. Mierda, se ha caído al otro lado, bajaré a por ella, total, no hay nadie, y seguro que nadie aparece.

Shadow.