Guía, capítulos.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Capítulo tres. Piamonte. Puntería en la pared.

Capítulo tres. 

Otra vez suena la misma música, la misma canción, esa canción. La única canción que tenía, la única que escuchaba. Estaba unido a ella, me identificaba y me describía. Era mi medicina.
Esta vez desaparecen los cascos.
Estaba de pie, apoyando la pierna derecha contra la pared, no tenía nada que hacer, miré hacia arriba. Una gota calló en mi frente, se deslizó por mi mejilla derecha hasta caer. Comenzó a llover. La gente se escondía debajo de los toldos, entraba en sus casas. Los comerciantes recogían sus puesto. La vida se la llevaba la lluvia. 
Observé como una chica recogía como podía su puesto de flores junto con un señor mayor, al parecer su padre.
De repente salieron corriendo de la esquina de mi derecha dos encapuchados, me empujaron tirándome al suelo y uno de ellos saltó sobre aquel señor mientras el otro aguantaba a la chica.
El encapuchado que sujetaba a la chica le colocó una especie de daga en el cuello y le tapó la boca. El otro se acercaba a mí extendiendo sus brazos. De estos salían dos especies de hojas afiladas, hojas de espadas. Caminaba muy seguro de ello. 
Intenté echar a correr pero mi cuerpo no reaccionaba, estaba paralizado, pero esta vez no era porque no quisiera, era por el miedo. 
No paraba de llover, el cielo estaba negro, como la boca de un lobo.
Estaba a escasos metros de mí, a un par de pasos, cuando, de pronto dos virotes salieron desde el cielo, uno rebotó contra la pared y cayó al suelo pero el segundo se clavó en el cuello del encapuchado.

El encapuchado que seguía vivo clavó la daga en el pecho de la chica y echó a correr.
Desde el tejado saltó otro encapuchado más, pero este no se giró hacia mí, comenzó a correr en dirección a la de el otro encapuchado.

Otro salto desde el tejado. Se dio la vuelta y me miró. Me hizo un gesto con la mano para que le siguiera. Le seguí sin pensarlo, tampoco tenía otra cosa que hacer excepto correr, y estaba cansado de correr. Desenvainó su espada y me la dio.
-¿Sabes blandirla?- Me decía mientras miraba a la chica y se agachaba.
Negué con la cabeza sin mediar palabra
-Es igual, tú sígueme- recogió a la chica, muerta al parecer.

Comenzó a andar por callejones, desconocía todos ellos pero aun así, le seguía. Llegamos a una vía principal. Me señaló el arco de una puerta. -Tenemos que pasar por ahí- Indicó.-No puedo dejar a la chica sola, vas a tener que intentarlo con los dos guardias esos. En el lado derecho de mi cinturón tengo unos cuántos cuchillos, cógelos y lánzalos-
Miré en el cinturón y solo había un cuchillo, seguía sin hablar, bastante conmocionado, llevaba una espada con la que ni siquiera podía y un cuchillo. Tenía que matar a aquellos hombres para salvar a una persona, tenía que dar mi vida por la de otra, tenía que matar a alguien.Quería correr, pero no puede. El miedo, esa sensación de demostrar algo, era lo que no me echaba para atrás.
Me acerqué un poco y el encapuchado se quedó cerca mío pero sin ser descubierto.
Cambié la espada de mano, para coger mejor el cuchillo. Lo cogí por la empuñadura. Mi mano temblaba, mi cuerpo temblaba. Cerré los ojos un momento y los volví a abrir. Ahora solo veía a esos dos guardias, mi mente me manejaba. 
Entre sudores apunté lo mejor que pude y lancé aquel cuchillo mortífero.
Impactó en la pared. La gente me miraba y se alejaba de mí, los guardias me miraron, se acercaron. Se reían de mí, desenvainaron sus armas.
Levanté la espada que me dio aquel encapuchado y la puse frente a uno de los guardias. Lancé una estocada sin fuerza.
El soldado rió y escupió en frente mío, a modo de desprecio. Ahora lanzaba él una estocada hacia mi cuerpo, levanté los brazos y la paré como pude, retrocedí hacia atrás. 
Ahora le tocaba al segundo guardia, cargó contra mí tirándome al suelo. Se levantó aplastándome el pecho con su bota y con su espada en mi cuello.
Notaba el frío acero de su espada. Cerré los ojos, no quería que lo último que viera fuera la cara de aquel asqueroso guardia.